II. TEORÍAS Y VARIABLES DEL ANÁLISIS
Este nuevo capítulo comienza con que la actividad comparativa sería un mero pretexto si no considerara la profundidad histórica de cada objeto de estudio y si no identificara las fronteras y los lugares variables de lo político en cada lugar o época. El comparatista debe observar las diferencias y semejanzas que sirven para la comprensión de los fenómenos políticos. Para ello tiene que referirse a la acumulación del saber formal, es decir, a la teoría. Es necesario que el comparatista indentifique sus instrumentos de conocimiento: es decir, las variables de su análisis, sin lo cual la comparación se queda en el terreno de la anécdota.
LOS TEÓRICOS DE LA COMPARACIÓN
En este primer apartado vemos la afirmación que dice que la ignorancia de los conceptos de la comparación impide expresar a su respecto interrogantes que ayuden a aumentar su comprensión e identificar sus aspectos específicos.
Es por ello que la teoría pura y absolutamente abstracta ocupa poco lugar en el ámbito político, salvo en materia institucional, y que las teorías de nivel intermedio que se refieren a realidades observables representan el género más útil para el análisis. Por otra parte, el análisis sistemático teórico se basa en la utilización de una o varias variables que se supone ejercen una influencia en el fenómeno estudiado, o que incluso supuestamente lo determinan en una perspectiva causal; la teoría esboza la identificación de las variables del análisis.
De Platón a Tocqueville; De las instituciones a las costumbres
Con Platón y Aristoteles, ambos fascinados por la ciudad Estado griega, su universo abarca cuando mucho a la gran Grecia. En la República, de Platón, la distinción de los diferentes modos de organización política (aristocrática o timocrática, oligárquica, democrática y tiránica) sólo tiende a situar los mecanismos de su corrupción al indicar la vía del régimen ideal que servirá al espíritu común para el bien de toda la ciudad. De la misma manera, Aristóteles destroza el camino del derecho constitucional comparado al esbozar las características propias de la monarquía, la aristocracia y la democracia moderada, aunque sólo lo hace para oponerlos a sus perversiones, que son la tiranía, la oligarquía y la democracia plebeya, siempre con el objetivo de captar el rostro del régimen bueno que serviría al interés común.
El historiados árabe Ibn Jaldún utiliza la misma perspectiva cuando analiza los factores del surgimiento y la decadencia de los grandes imperios islámicos.
La preocupación analíticamente comparativa, dirigida hacia el conocimiento y ya no hacia la normatividad se manifieste con Montesquieu. Hobbes prosigue la búsqueda del buen régimen. Locke pretende inventarlo en un plan práctico cuando enuncia las nuevas reglas del gobierno no despótico. El procedimiento comparativo de Montesquieu resulta tanto sincrónico como diacrónico, e integra la profundidad histórica de las situaciones que captan su atención.
Después de Montesquieu, Rousseau regresa a la actitud a la vez prescriptiva y etnocéntrica propia de la filosofía. La nueva tradición comparativa iniciada por el autor sólo es retomada por Alexis de Tocqueville, que súbitamente la eleva a las cumbres de excelencia. Es así como Tocqueville concentra su atención en lo que más tarde se llamará la cultura política, o inaugura de manera más exacta el análisis cultural de lo político.
Las escuelas de la comparación: De Max Weber a las teorías evolucionistas y el paradigma de la dependencia
El análisis comparativo, luego de Tocqueville, emprende otros caminos diferentes a los de los teóricos del determinismo económico. Max Weber es el último de los grandes maestros del pensamiento que marcan a su tiempo. Max Weber no se limita al acercamiento cultural sino que le da su configuración propiamente científica con una óptica macrosociológica entendida en el sentido más amplio. Weber le da impulso a la investigación comparativa que tiende a buscar los aspectos verdaderamente específicos del poder y de las variables importantes que permiten comprenderlas.
Por otra parte, los teóricos del desarrollo político se relacionan con los teóricos de la modernización con menos sutileza, y que los ires y venires entre las dos corrientes son frecuentes. Estos teóricos, influidos por Rostow y creadores de una variante antimarxista del materialismo dialéctico, establecen una relación de causalidad estrecha entre el crecimiento de la economía diversificada y competitiva y el cambio político.
Los teóricos de la dependencia o los defensores del paradigma de las relaciones centro-periferia expresan reacciones contra esquematizaciones excesivamente marcadas por el precedente histórico euronorteamericano.
Estas corrientes, que de manera intelectual se encuentra cerca, sólo dan una perspectiva diferente y políticamente radical a la sensibilidad etnocéntrica de aquellos a quienes critican.
LAS VARIABLES CULTURALES
La variable cultural goza de una especie de prioridad que nada tiene que ver con las discusiones escolares acerca de los órdenes de la causalidad. Goza de este privilegio porque plantea antes que cualquier otra la cuestión capital para la comparación, inscrita en la oposición universalidad/particularismo.
La comparación no es sino una reunión de datos cuando se limita a contabilizar parecidos y diferencias de ámbitos emparentados o de sitios heteróclitos. La comparación sólo cumple su propósito heurístico cuando no tiende a acumular información, sino a la comprensión progresiva de los mecanismos que parecen provocar diferencias o similitudes que sólo son resultados.
Es importante señalar que la variable cultural es un imperativo metodológico inevitable, es decir, de alcance universal. La universalidad de lo cultural forma parte del buen procedimiento de investigación, no de las características que lo configuran. Lo mismo puede decirse del señalamiento algo arbitrario de los diversos componentes de la variable cultural. O bien, esta variable abarca en todo caso la suma de los aspectos materiales e inmateriales que definen a un conjunto social dado, desde las técnicas de producción hasta la religión.
La religión
En esta parte del capítulo se dice que la distinción de lo sagrado y lo temporal, que en su origen fue católica, contiene el fermento de lo específicamente occidental. parece cmo el principio de la corriente secularizadora que por una arte culmina en la autonomía del Estado moderno y por la otra en el concepto individualista de la ciudadanía democrática de tipo euroamericano.
clusión de la variable religiosa no debe culminar tanto en una clasificación trivialmente dicotomizadora de las sociedades supuestamente laicas y las que son, sino dilucidar las instancias religiosas lejanas o próximas de cada configuración política. Como lo mostraron Max Weber y Louis Dumont. Por un lado, la idea de la salud personal de la que se deriva el individualismo europeo no nació con el cristianismo o el protestantismo; se remonta a los orígenes del hinduismo y el budismo. Por otra parte, la salud y la religión individualista corresponden, en el caso de la India, al ideal del renunciante, el cual sólo se redime si escapa de la corrupción de los asuntos terrestres y sobre todo políticos. En este nivel no ve el menor obstáculo ara que los creyentes de la India se sometan a gobernantes o señores pertenecientes a otra fe.
El judaísmo es otro caso de relación compleja y paradójica entre la fe y la política. En sus orígenes esta relación sin duda se encuentra dominada por la estrecha sumisión del pueblo elegido, de sus guías y de sus reyes, a la voluntad explícita de un Dios único. Gracias a esta ferviente obligación prevalece la identidad religiosa del pueblo judío.
La Iglesia, que pretende debilitar los recuerdos territoriales, reinstala la distinción entre los asuntos de Dios y los del César, o entre lo temporal y lo espiritual. Pero, como por ese medio se propone despojar al poder civil de sus ambiciones religiosas, en realidad contribuye de manera capital al nacimiento y a la autonomía del Estado secularizado.
Por último, tanto en el área occidental como en los ámbitos ajenos a él, a inclusión de la variable religiosa en definitiva subraya la variedad e imprevisibilidad de sus influencias, la ausencia de modelos globales y, asimismo, la pertinencia de las comparaciones que tienden a dar una explicación amplia mediante la divergencia más que a buscar parecidos superficiales. De la misma manera destaca que lo cultural no es etéreo, ni inaprehensible, ni está situado sólo entre la multitud de valores.
Los aspectos no religiosos de la cultura
Comienza este nuevo apartado expresando que lo mismo puede decirse de los otros componentes de la variable cultural. En el seno de ésta, el elemento religioso tiene cuando mucho una prioridad cronológica parcial. Pero, incluso en las sociedades no secularizadas, coexiste siempre con otros cuadros de elaboración e inculcación de la normatividad política que en ocasiones llegan a ocupar su lugar.
Muchas veces es difícil señalar la frontera entre el ámbito de la referencia a la divinidad o a lo sobrenatural y otras áreas que por ejemplo se refieren a la justicia o al respeto de la autoridad. Sin embargo, las necesidades del análisis comparativo obligan a establecer distinciones a este respecto, para no terminar comprobando la interacción de los diferentes órdenes de lo cultural.
De esta manera en algunas sociedades el ámbito normativo por excelencia del derecho y el ejercicio de la justicia proceden de fuentes más antiguas que las creencias religiosas.
Hay que señalar que la idea de burocracia supuestamente va de la mano con las ideas de racionalidad y legalidad para un europeo, mientras que para un chino concuerda más bien con el concepto de potencia. Esto es, existen valores trascendentales, valores sociales cardinales o contravalores emparentados y, por último, valores instrumentales de tipo legal o reglamentario. El orden lógico sería que se encuentran subordinados unos a otros a partir de la cima. Este orden en realidad varía según las sociedades, al punto que los valores legales pueden predominar en el caso.
El sentimiento de culpa no interviene tanto en muchas tradiciones religiosas que interfieren con la ley, y entonces lo que rige las conductas sociales es más bien la vergüenza del deshonor público. Dicho de otra manera, la categoría de los valores sociales cardinales predomina en estas situaciones, anulando los valores legales. Este orden no prohíbe el realismo a partir del momento en que la normatividad legal viene a existir, y en particular se trata de cuestiones secundarias que no pueden poner en duda al honor.
Las fronteras de los modelos de obediencia o de oposición se encuentran trastocadas en esta luz, sin que los grandes modelos, holista e individualista, pierdan su validez. Lo más inesperado de todo se debe a que sociedades muy influenciadas por la modernidad siguen rebeldes a la abstracción igualitaria del individualismo a pesar del barniz de las instituciones.
LAS VARIABLES ECONÓMICAS
Aquí se dice que la inclusión de la variable cultural sugiere en general la comprobación de los aspectos específicos de cada ámbito político. Por lo contrario como regla no menos general, la variable económica aparece más bien como el parámetro de sus homologías o de la reproducibilidad de los procesos. Lo que es más, mientras que el efecto de lo cultural resulta indemostrable, salvo en algunos casos excepcionales, el de economía parace prestarse más a la demostración de la causalidad parcial.
La economía política del hambre milenaria
En esta parte se dice que hasta el momento en que la revolución tecnológica y comercial de la agricultura permitió a algunos países occidentales alimentar convenientemente a sus poblaciones, la falta de "subsistencias" condicionó por doquier la existencia de los hombres y de las sociedades. Además en particular, dictó la disposición inequitativa de las jerarquías sociales y políticas, al mismo tiempo que marcó el compás de las protestas populares contra estas jerarquías y contra el acaparamiento económico al que procedían. Aún en nuestros días, esta fatalidad material pesa en la política en los países del Tercer Mundo o de la Europa comunista que no lograron superarla.
El México precolombino ofrece el ejemplo monstruoso aunque sugestivo de esa elaboración política, relacionada con la carestía permanente de lo que se llamaban los "víveres" durante el Antiguo Régimen. Así entre los aztecas, los sacrificios humanos en última instancia se deben a la necesidad de obtener comestibles en un medio árido en el cual la ganadería es casi desconocida. Desde ese momento, el consumo de carne humana se hace exclusivo de los sacerdotes y guerreros nobles, únicos que pueden disfrutar de una alimentación que supuestamente les proporciona la superioridad física sobre los demás hombres.
Para las élites, el principal problema no consiste en alimentarse o en satisfacer las exigencias fisiológicas mínimas de la población, sino en subvenir a sus propias necesidades que se han hecho suntuarias y crean una demanda refinada que sólo puede ser satisfecha por un aparato económico diversificado, abierto y dotado de la iniciativa necesaria.
El efecto de las revoluciones agrícola e industrial
Aquí se dice que desde luego, hay que ponerse de acuerdo acerca del nivel en que lo económico determina a lo político, siendo éste casi total en las sociedades de la miseria. Sin embargo, en ella el factor económico adquiere la forma de un contexto material muy global e indiferenciado que obedece a condiciones tanto naturales o demográficas como tecnológicas.
Si bien lo económico ya no es una determinante primordial en aquellas sociedades que han salido del hambre secular gracias a las revoluciones agrícola e industrial, en éstas adquiere perfiles más claros que se refieren a la organización y el control de la producción, o a lo que Marx llama el modo de producción.
Es muy importante señalar que la "modernización autoritaria conservadora" modifica el equilibrio de los grupos dominantes al debilitar a las élites tradicionales frente a las élites nuevas más abiertas políticamente. De la misma manera, la mayoría de la población expresa aspiraciones más cualitativas a partir del momento en que sus necesidades materiales se satisfacen mejor. En las dictaduras comunistas se observa un mecanismo parecido.
LAS VARIABLES POLÍTICAS DE LO POLÍTICO
Se señala que una variable de análisis no debe confundirse con el objeto estudiado y que ,por lo contrario, debe de influir y distinguirse en él. También se dice que Ss impone la evidencia de que los niveles de lo político son muy variados e interfieren entre sí de manera independiente, es decir, la voluntad política puede constituir una variable independiente.
Las limitaciones de espacio
En este apartado es importante señalar que la insularidad facilita el desarrollo temprano de la identidad común de una población, Asimismo, en la mayoría de los casos constituye una gran ventaja para quienes emprenden la formación de un espacio de poder unificado.
Los núcleos políticos en vía de unificación, ya sea que gocen o no de protección insular en sentido real o figurado, al mismo tiempo sufren las limitaciones de su dimensión inicial.
Y es así como de manera general, los "constructores estatales" pueden edificar una base de fuerza más coherente cuando saben o pueden limitar sus ambiciones territoriales al principio, en cambio quienes controlan un terriotrio amplio se ven forzados a aplicar un despotismo.
El tiempo mundial
En esta parte cabe señalar que el concepto de ambiente puede interpretarse de otra manera respecto de la dimensión cronológica de las lógicas geopolíticas o de lo que Zaki Laidi llama el "tiempo mundial".
Este autor observa que existen articulaciones temporales sucesivas de una especie de mercado ideológico mundial, en función de las cuales los cambios revolucionarios (violentos o no) se concentran en determinados periodos, mientras que otros se caracterizan por su estabilidad. Asismismo pueden intervenir otros factores como son las relaciones internacionales o el ejercicio de la fuerza.
Las variables de la acción
En este último apartado de este capítulo, se habla sobre que los principales elementos culturales, materiales y productivos, espaciales o temporales que orientan la dinámica del poder y de su impugnación (incluso cuando lo inmovilizan durante largos periodos) siguen regidos por dos intervenciones estrictamente políticas: por una parte, la que se debe a la adquisición histórica o institucional anterior, y de ahí a la importancia que se da a la manifestación de los nuevos procesos debido a una especie de lógica jerárquica; por la otra, la que se debe a la acción personal o colectiva de los gobernantes o de los agentes políticos en general.
Es importante señalar que la comparación casi no considera el nivel de la acción política. Es así como según las circunstancias, los actores individuales o colectivos de los procesos reales resultan sagaces o desorientados, con o sin la capacidad de controlar los malos efectos de sus decisiones.
Por último nos menciona el texto que es necesario saber si el papel de estos actores decisivos (como piensa Juan Linz) corresponde verdaderamente a estrategias acabadas que poco a poco se tornan conscientes, o si sólo refleja, como indican Almond y los teóricos de las crisis políticas, el resultado final de una serie de golpes fortuitos, bien o mal logrados.
LOS TEÓRICOS DE LA COMPARACIÓN
En este primer apartado vemos la afirmación que dice que la ignorancia de los conceptos de la comparación impide expresar a su respecto interrogantes que ayuden a aumentar su comprensión e identificar sus aspectos específicos.
Es por ello que la teoría pura y absolutamente abstracta ocupa poco lugar en el ámbito político, salvo en materia institucional, y que las teorías de nivel intermedio que se refieren a realidades observables representan el género más útil para el análisis. Por otra parte, el análisis sistemático teórico se basa en la utilización de una o varias variables que se supone ejercen una influencia en el fenómeno estudiado, o que incluso supuestamente lo determinan en una perspectiva causal; la teoría esboza la identificación de las variables del análisis.
De Platón a Tocqueville; De las instituciones a las costumbres
Con Platón y Aristoteles, ambos fascinados por la ciudad Estado griega, su universo abarca cuando mucho a la gran Grecia. En la República, de Platón, la distinción de los diferentes modos de organización política (aristocrática o timocrática, oligárquica, democrática y tiránica) sólo tiende a situar los mecanismos de su corrupción al indicar la vía del régimen ideal que servirá al espíritu común para el bien de toda la ciudad. De la misma manera, Aristóteles destroza el camino del derecho constitucional comparado al esbozar las características propias de la monarquía, la aristocracia y la democracia moderada, aunque sólo lo hace para oponerlos a sus perversiones, que son la tiranía, la oligarquía y la democracia plebeya, siempre con el objetivo de captar el rostro del régimen bueno que serviría al interés común.
El historiados árabe Ibn Jaldún utiliza la misma perspectiva cuando analiza los factores del surgimiento y la decadencia de los grandes imperios islámicos.
La preocupación analíticamente comparativa, dirigida hacia el conocimiento y ya no hacia la normatividad se manifieste con Montesquieu. Hobbes prosigue la búsqueda del buen régimen. Locke pretende inventarlo en un plan práctico cuando enuncia las nuevas reglas del gobierno no despótico. El procedimiento comparativo de Montesquieu resulta tanto sincrónico como diacrónico, e integra la profundidad histórica de las situaciones que captan su atención.
Después de Montesquieu, Rousseau regresa a la actitud a la vez prescriptiva y etnocéntrica propia de la filosofía. La nueva tradición comparativa iniciada por el autor sólo es retomada por Alexis de Tocqueville, que súbitamente la eleva a las cumbres de excelencia. Es así como Tocqueville concentra su atención en lo que más tarde se llamará la cultura política, o inaugura de manera más exacta el análisis cultural de lo político.
Las escuelas de la comparación: De Max Weber a las teorías evolucionistas y el paradigma de la dependencia
El análisis comparativo, luego de Tocqueville, emprende otros caminos diferentes a los de los teóricos del determinismo económico. Max Weber es el último de los grandes maestros del pensamiento que marcan a su tiempo. Max Weber no se limita al acercamiento cultural sino que le da su configuración propiamente científica con una óptica macrosociológica entendida en el sentido más amplio. Weber le da impulso a la investigación comparativa que tiende a buscar los aspectos verdaderamente específicos del poder y de las variables importantes que permiten comprenderlas.
Por otra parte, los teóricos del desarrollo político se relacionan con los teóricos de la modernización con menos sutileza, y que los ires y venires entre las dos corrientes son frecuentes. Estos teóricos, influidos por Rostow y creadores de una variante antimarxista del materialismo dialéctico, establecen una relación de causalidad estrecha entre el crecimiento de la economía diversificada y competitiva y el cambio político.
Los teóricos de la dependencia o los defensores del paradigma de las relaciones centro-periferia expresan reacciones contra esquematizaciones excesivamente marcadas por el precedente histórico euronorteamericano.
Estas corrientes, que de manera intelectual se encuentra cerca, sólo dan una perspectiva diferente y políticamente radical a la sensibilidad etnocéntrica de aquellos a quienes critican.
LAS VARIABLES CULTURALES
La variable cultural goza de una especie de prioridad que nada tiene que ver con las discusiones escolares acerca de los órdenes de la causalidad. Goza de este privilegio porque plantea antes que cualquier otra la cuestión capital para la comparación, inscrita en la oposición universalidad/particularismo.
La comparación no es sino una reunión de datos cuando se limita a contabilizar parecidos y diferencias de ámbitos emparentados o de sitios heteróclitos. La comparación sólo cumple su propósito heurístico cuando no tiende a acumular información, sino a la comprensión progresiva de los mecanismos que parecen provocar diferencias o similitudes que sólo son resultados.
Es importante señalar que la variable cultural es un imperativo metodológico inevitable, es decir, de alcance universal. La universalidad de lo cultural forma parte del buen procedimiento de investigación, no de las características que lo configuran. Lo mismo puede decirse del señalamiento algo arbitrario de los diversos componentes de la variable cultural. O bien, esta variable abarca en todo caso la suma de los aspectos materiales e inmateriales que definen a un conjunto social dado, desde las técnicas de producción hasta la religión.
La religión
En esta parte del capítulo se dice que la distinción de lo sagrado y lo temporal, que en su origen fue católica, contiene el fermento de lo específicamente occidental. parece cmo el principio de la corriente secularizadora que por una arte culmina en la autonomía del Estado moderno y por la otra en el concepto individualista de la ciudadanía democrática de tipo euroamericano.
clusión de la variable religiosa no debe culminar tanto en una clasificación trivialmente dicotomizadora de las sociedades supuestamente laicas y las que son, sino dilucidar las instancias religiosas lejanas o próximas de cada configuración política. Como lo mostraron Max Weber y Louis Dumont. Por un lado, la idea de la salud personal de la que se deriva el individualismo europeo no nació con el cristianismo o el protestantismo; se remonta a los orígenes del hinduismo y el budismo. Por otra parte, la salud y la religión individualista corresponden, en el caso de la India, al ideal del renunciante, el cual sólo se redime si escapa de la corrupción de los asuntos terrestres y sobre todo políticos. En este nivel no ve el menor obstáculo ara que los creyentes de la India se sometan a gobernantes o señores pertenecientes a otra fe.
El judaísmo es otro caso de relación compleja y paradójica entre la fe y la política. En sus orígenes esta relación sin duda se encuentra dominada por la estrecha sumisión del pueblo elegido, de sus guías y de sus reyes, a la voluntad explícita de un Dios único. Gracias a esta ferviente obligación prevalece la identidad religiosa del pueblo judío.
La Iglesia, que pretende debilitar los recuerdos territoriales, reinstala la distinción entre los asuntos de Dios y los del César, o entre lo temporal y lo espiritual. Pero, como por ese medio se propone despojar al poder civil de sus ambiciones religiosas, en realidad contribuye de manera capital al nacimiento y a la autonomía del Estado secularizado.
Por último, tanto en el área occidental como en los ámbitos ajenos a él, a inclusión de la variable religiosa en definitiva subraya la variedad e imprevisibilidad de sus influencias, la ausencia de modelos globales y, asimismo, la pertinencia de las comparaciones que tienden a dar una explicación amplia mediante la divergencia más que a buscar parecidos superficiales. De la misma manera destaca que lo cultural no es etéreo, ni inaprehensible, ni está situado sólo entre la multitud de valores.
Los aspectos no religiosos de la cultura
Comienza este nuevo apartado expresando que lo mismo puede decirse de los otros componentes de la variable cultural. En el seno de ésta, el elemento religioso tiene cuando mucho una prioridad cronológica parcial. Pero, incluso en las sociedades no secularizadas, coexiste siempre con otros cuadros de elaboración e inculcación de la normatividad política que en ocasiones llegan a ocupar su lugar.
Muchas veces es difícil señalar la frontera entre el ámbito de la referencia a la divinidad o a lo sobrenatural y otras áreas que por ejemplo se refieren a la justicia o al respeto de la autoridad. Sin embargo, las necesidades del análisis comparativo obligan a establecer distinciones a este respecto, para no terminar comprobando la interacción de los diferentes órdenes de lo cultural.
De esta manera en algunas sociedades el ámbito normativo por excelencia del derecho y el ejercicio de la justicia proceden de fuentes más antiguas que las creencias religiosas.
Hay que señalar que la idea de burocracia supuestamente va de la mano con las ideas de racionalidad y legalidad para un europeo, mientras que para un chino concuerda más bien con el concepto de potencia. Esto es, existen valores trascendentales, valores sociales cardinales o contravalores emparentados y, por último, valores instrumentales de tipo legal o reglamentario. El orden lógico sería que se encuentran subordinados unos a otros a partir de la cima. Este orden en realidad varía según las sociedades, al punto que los valores legales pueden predominar en el caso.
El sentimiento de culpa no interviene tanto en muchas tradiciones religiosas que interfieren con la ley, y entonces lo que rige las conductas sociales es más bien la vergüenza del deshonor público. Dicho de otra manera, la categoría de los valores sociales cardinales predomina en estas situaciones, anulando los valores legales. Este orden no prohíbe el realismo a partir del momento en que la normatividad legal viene a existir, y en particular se trata de cuestiones secundarias que no pueden poner en duda al honor.
Las fronteras de los modelos de obediencia o de oposición se encuentran trastocadas en esta luz, sin que los grandes modelos, holista e individualista, pierdan su validez. Lo más inesperado de todo se debe a que sociedades muy influenciadas por la modernidad siguen rebeldes a la abstracción igualitaria del individualismo a pesar del barniz de las instituciones.
LAS VARIABLES ECONÓMICAS
Aquí se dice que la inclusión de la variable cultural sugiere en general la comprobación de los aspectos específicos de cada ámbito político. Por lo contrario como regla no menos general, la variable económica aparece más bien como el parámetro de sus homologías o de la reproducibilidad de los procesos. Lo que es más, mientras que el efecto de lo cultural resulta indemostrable, salvo en algunos casos excepcionales, el de economía parace prestarse más a la demostración de la causalidad parcial.
La economía política del hambre milenaria
En esta parte se dice que hasta el momento en que la revolución tecnológica y comercial de la agricultura permitió a algunos países occidentales alimentar convenientemente a sus poblaciones, la falta de "subsistencias" condicionó por doquier la existencia de los hombres y de las sociedades. Además en particular, dictó la disposición inequitativa de las jerarquías sociales y políticas, al mismo tiempo que marcó el compás de las protestas populares contra estas jerarquías y contra el acaparamiento económico al que procedían. Aún en nuestros días, esta fatalidad material pesa en la política en los países del Tercer Mundo o de la Europa comunista que no lograron superarla.
El México precolombino ofrece el ejemplo monstruoso aunque sugestivo de esa elaboración política, relacionada con la carestía permanente de lo que se llamaban los "víveres" durante el Antiguo Régimen. Así entre los aztecas, los sacrificios humanos en última instancia se deben a la necesidad de obtener comestibles en un medio árido en el cual la ganadería es casi desconocida. Desde ese momento, el consumo de carne humana se hace exclusivo de los sacerdotes y guerreros nobles, únicos que pueden disfrutar de una alimentación que supuestamente les proporciona la superioridad física sobre los demás hombres.
Para las élites, el principal problema no consiste en alimentarse o en satisfacer las exigencias fisiológicas mínimas de la población, sino en subvenir a sus propias necesidades que se han hecho suntuarias y crean una demanda refinada que sólo puede ser satisfecha por un aparato económico diversificado, abierto y dotado de la iniciativa necesaria.
El efecto de las revoluciones agrícola e industrial
Aquí se dice que desde luego, hay que ponerse de acuerdo acerca del nivel en que lo económico determina a lo político, siendo éste casi total en las sociedades de la miseria. Sin embargo, en ella el factor económico adquiere la forma de un contexto material muy global e indiferenciado que obedece a condiciones tanto naturales o demográficas como tecnológicas.
Si bien lo económico ya no es una determinante primordial en aquellas sociedades que han salido del hambre secular gracias a las revoluciones agrícola e industrial, en éstas adquiere perfiles más claros que se refieren a la organización y el control de la producción, o a lo que Marx llama el modo de producción.
Es muy importante señalar que la "modernización autoritaria conservadora" modifica el equilibrio de los grupos dominantes al debilitar a las élites tradicionales frente a las élites nuevas más abiertas políticamente. De la misma manera, la mayoría de la población expresa aspiraciones más cualitativas a partir del momento en que sus necesidades materiales se satisfacen mejor. En las dictaduras comunistas se observa un mecanismo parecido.
LAS VARIABLES POLÍTICAS DE LO POLÍTICO
Se señala que una variable de análisis no debe confundirse con el objeto estudiado y que ,por lo contrario, debe de influir y distinguirse en él. También se dice que Ss impone la evidencia de que los niveles de lo político son muy variados e interfieren entre sí de manera independiente, es decir, la voluntad política puede constituir una variable independiente.
Las limitaciones de espacio
En este apartado es importante señalar que la insularidad facilita el desarrollo temprano de la identidad común de una población, Asimismo, en la mayoría de los casos constituye una gran ventaja para quienes emprenden la formación de un espacio de poder unificado.
Los núcleos políticos en vía de unificación, ya sea que gocen o no de protección insular en sentido real o figurado, al mismo tiempo sufren las limitaciones de su dimensión inicial.
Y es así como de manera general, los "constructores estatales" pueden edificar una base de fuerza más coherente cuando saben o pueden limitar sus ambiciones territoriales al principio, en cambio quienes controlan un terriotrio amplio se ven forzados a aplicar un despotismo.
El tiempo mundial
En esta parte cabe señalar que el concepto de ambiente puede interpretarse de otra manera respecto de la dimensión cronológica de las lógicas geopolíticas o de lo que Zaki Laidi llama el "tiempo mundial".
Este autor observa que existen articulaciones temporales sucesivas de una especie de mercado ideológico mundial, en función de las cuales los cambios revolucionarios (violentos o no) se concentran en determinados periodos, mientras que otros se caracterizan por su estabilidad. Asismismo pueden intervenir otros factores como son las relaciones internacionales o el ejercicio de la fuerza.
Las variables de la acción
En este último apartado de este capítulo, se habla sobre que los principales elementos culturales, materiales y productivos, espaciales o temporales que orientan la dinámica del poder y de su impugnación (incluso cuando lo inmovilizan durante largos periodos) siguen regidos por dos intervenciones estrictamente políticas: por una parte, la que se debe a la adquisición histórica o institucional anterior, y de ahí a la importancia que se da a la manifestación de los nuevos procesos debido a una especie de lógica jerárquica; por la otra, la que se debe a la acción personal o colectiva de los gobernantes o de los agentes políticos en general.
Es importante señalar que la comparación casi no considera el nivel de la acción política. Es así como según las circunstancias, los actores individuales o colectivos de los procesos reales resultan sagaces o desorientados, con o sin la capacidad de controlar los malos efectos de sus decisiones.
Por último nos menciona el texto que es necesario saber si el papel de estos actores decisivos (como piensa Juan Linz) corresponde verdaderamente a estrategias acabadas que poco a poco se tornan conscientes, o si sólo refleja, como indican Almond y los teóricos de las crisis políticas, el resultado final de una serie de golpes fortuitos, bien o mal logrados.